Quiero ser feliz. Eso es precisamente lo que quiero.
Quiero levantarme todos los días y al caer en la realidad sonreír porque sé que lo que voy a hacer durante todo el día es algo que amo. Quiero despertarme con la sensación de que no hay vacío alrededor. Quiero despertarme todos los días con la sensación de que todos los días de mi vida van a ser maravillosos. Quiero despertarme y al abrir los ojos encontrarme con los suyos mirándome y sonriéndome, quiero que su voz sea lo primero que escuche a la mañana, que sus labios sean lo primero que siento cada día. Quiero ser interrumpida por mis cuatro hijos que entren corriendo a mi cuarto y se tiren a la cama y se pongan a saltar alrededor nuestro mientras él y yo intentamos pararlos. Quiero morirme de risa cada mañana y empezar así todos los días de mi vida. Especialmente cada cumpleaños. Quiero preguntarles a mis hijos qué soñaron anoche durante el desayuno, y quiero reírme de las cosas que saldrán de ahí. Quiero que me den un beso en la mejilla cada uno antes de salir por la puerta del auto al llegar al colegio. Quiero que él me lleve al trabajo y se quede mal estacionado en frente del edificio durante más de diez minutos solamente para recordarme que me va a extrañar como un loco durante todo el día. Quiero trabajar con mis compañeros y reírme mientras hacemos lo que tenemos que hacer, mientras disfrutamos de lo que hacemos. Quiero volver a casa a la tarde y que lo primero que haga, incluso antes de dejar el saco y la cartera o de sacarme los zapatos, sea ser abrazada por mis cuatro nenes, que lleguen corriendo desde el living y me llenen de besos. Quiero que desde atrás de ellos llegue él y me sonría en la distancia. Quiero que cuando los cuatro se hayan ido, me abrace y me vuelva a recordar que me extrañó como un loco durante todo el día. Quiero ponerme a cocinar (espero ser capaz de hacerlo) y que durante la cena se cuenten todas las noticias del día, de lo que hicieron los chicos en el jardín, de la reunión de papá con el jefe y del proyecto de mamá para la revista. Quiero que Nick, Jake, Liam y Matt se peleen para ver quién le cuenta primero a mamá sobre su día. Y quiero que después no se agarren a piñas. Quiero que, después de lavar los platos, veamos la tele un rato y cada uno a hacer lo que quiera. Pero justo antes de irme a dormir, quiero que venga él y me abrace y me recuerde que me ama. Y quiero dormirme cada noche de mi vida en sus brazos, solamente para no perder noción de lo maravillosa que es la vida a su lado. Y porque lo voy a amar. Y cuando nos peleemos y nos gritemos en la cocina, con los cuatro nenes escondidos atrás de la puerta escuchando las taradeces que nos vamos a gritar sin sentido, nos callemos durante un segundo y comprendamos que no estamos haciendo lo correcto, más allá de quién tiene la culpa de qué. Que nos encojamos de hombros y digamos perdón, para acercarnos y recordarnos por qué llegamos hasta ahí y por qué vamos a seguir adelante para siempre. Y a medida que pase el tiempo, que nos miremos durante un segundo, una de esas miradas que lo dicen todo, solamente para recordarnos el uno al otro, mientras Nick se pelea con Liam, mientras Matt le grita a su novia por el teléfono, mientras Jake putea a su profesora, que nosotros eso ya lo vivimos y que estamos enseñándoles a pasar por el mismo camino. Que son como nosotros y que sin importar lo que pase, siempre vamos a estar ahí. Cuando se pongan insoportables en el jardín, cuando sean molestos en la primaria, cuando sean rebeldes en la secundaria y cuando se den cuenta de todo en la universidad. Y, por sobre todas las cosas, cuando sean nuestros hijos todo el tiempo. Porque eso es lo que van a ser. Porque vamos a ser una familia.
Y eso, damas y caballeros, es mi prototipo de familia hermosa e ideal. Con sus peleas y reconciliaciones, altos y bajos. Una familia, al fin.
¡Mi querida casita llena de hombrecitos!
(es re tarde y agreguen que soy una típica soñadora, remember: así que no se alarmen)
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