7.01.2009

Guardalo;


Mientras me afanaba, una multitud de preguntas se fueron agalopando en mi cabeza. ¿De dónde salía aquel extraño crío? ¿Quién era? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Y por qué se paseaba con un cordero? Un montón de enigmas que me hubiera gustado dilucidar. Por desgracia, mi compañero no era muy locuaz y eludía casi todas mis preguntas, replicándome con otras de su cosecha.
Me acompañó tranquilamente en mis idas y venidas, observando mis preparativos con mirada curiosa pero imperturbante, hasta que agarré una rama baja de una palmera y tiré de ella para arrancarla del tronco.
-¿Por qué la has arrancado? -preguntó, con el semblante rojo de indignación.
-Cubriendo la hoguera de hojas verdes, conseguiré que salga humor -expliqué pacientemente-. Y si la suerte está de nuestra parte, alguien verá la señal y acudirá a nuestro auxilio.
-No es una razón para hacerle daño.
-No seas tonto. Las plantas no sienten nada -repuse.
Pero él no estaba dispuesto a dejarse embaucar así como así.
-En mi planeta conozco una rosa que es muy sensible.
No me empeñé en hacerle entrar en razón, pues era evidente que se había construido un universo en el que estaba proscrita la racionalidad de los adultos.
-El hecho de que alguien guarde silencio no quiere decir que no sufra -insistió.
La sensatez de la observación me hizo reflexionar.
-Mi flor perdió una espina -añadió al cabo de un momento-. No dijo nada, pero yo sé que aquello le hizo daño. Vi correr una lágrima por el borde de sus hojas.
La curiosidad fue más fuerte que yo. Interrumpí mi trabajo y le pregunté por qué su rosa había perdido una espina.
-Por orgullo.

Jean-Pierre Davidts
"Reencuentro con El Principito"

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