Me gusta viajar porque es como si el mundo dejara de existir durante un rato. Es como si no estuviese en un lugar fijo y me moviera todo el tiempo. Es algo idiota, pero para una soñadora como yo, es como el paraíso. Creo que no hay nada más lindo que estar recostado en el asiento de un auto, de un micro o de un avión, cuando todos a tu alrededor están completamente dormidos y vos tenés los auriculares puestos y estás en tu propio mundo. Me encanta porque comienzo a imaginar cómo sería mi vida perfecta. Muchas cosas que pongo acá o que se me pasan por la mente, e incluso mis reflexiones más profundas -que las hay, en serio, créanme- ocurrieron durante viajes.
Para algunos puede sonar estúpido, pero en serio es algo que me encanta. Es por eso que amo las vacaciones. Porque sé que todo incluirá un viaje. Sé que incluirá horas y horas de soledad inventada donde voy a poder pensar. Sabiendo que a mi alrededor no está pasando nada en concreto.
Todo está como en manos del destino cuando viajás. Todo es impredecible. Puede pasar cualquier cosa afuera de ese transporte. De la ventanilla para afuera, de lo que te separa del mundo real, todo es igual y monótomo. Pero para mí es increíble. Nunca sabés lo que va a pasar.
Creo que si hay algo que quiero más que a nada en el mundo -obviando el tema de casarme y tener hijos, que es algo bastante predescible si leíste por lo menos cinco entradas de este blog-, es viajar.
Cuando me preguntan por qué, suelo responder cosas muy comunes como "me gusta conocer nuevos lugares y nuevas personas". Mentiras. Me gusta la sensación de estar sola durante horas y horas, hundida en mis propios pensamientos, sabiendo que voy a llegar a un lugar donde las cosas son completamente diferentes. Y que voy a vivir cosas que van a ser completamente diferentes.
Me gustan los cambios. Me gusta reflexionar. Me gusta pensar. Me gusta estar sola. Me gusta imaginar. Me gusta soñar.
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